LLUSCUMA ep01

Este es el primer episodio de LLUSCUMA antes de la edición. Hay errores gramaticales, pero es la visión original. No difiere tanto de la que salió finalmente publicada, pero ordena los párrafos de modo distinto, más como el comienzo de una novela, con tiempo para contar las cosas, sin apresurarse. Esta será la única vez que publicaré un episodio de LLUSCUMA en el blog. Lo hago con autorización de LA SEGUNDA, para compartir con la mayor cantidad de gente posible el inicio de esta nueva aventura que cada sábado irrumpirá entre las páginas del diario. Muchas gracias a todos!

LLUSCUMA

ep01: “Aunque camine por un valle de sombras”

Mi nombre es Fernando.

Hoy es 26 de mayo de 2012 y estoy enterrando a mi abuelo mientras el cielo se desmorona sobre nuestras cabezas.

Las ideas son como semillas que se abren, se descontrolan y extienden sus raíces negruzcas como metástasis por los recuerdos más transparentes. Echan a perder todo y a veces el olvido es lo mejor. Estoy enterrando a mi abuelo, pero era un General de la República que me llevaba a los juegos de la plaza y participó en el golpe de 1973. El que me enseñó a andar en bicicleta y recorrió Chile con la caravana de la muerte. Fue más padre que mi padre y mandó matar gente. Él decía que era lo que había que hacer, yo no estoy tan seguro y eso me revuelve por dentro. Me gustaría extirparme ese recuerdo como quien extrae un tumor pero no puedo, es una granada de mano en mi estómago.

Las ideas son como semillas que sacan sus garras a la luz, se levantan y cruzan sus ramas torcidas acumulando mugre y tierra con los años, semillas iguales a este ataúd que venimos a enterrar, que antes de tocar tierra ya había producido el árbol, la rama y la genealogía, tíos y primos innumerables, antes de ser plantada en el fondo de este pozo que lo digerirá lento, como un recuerdo que se disuelve. No se si lo estamos sembrando o  enterrando como a otro hueso de esos que abundan bajo la alfombra de nuestra memoria. Porque enterrándolo estamos como al parecer lo hacemos con nuestro propio país enfermo, que hoy se desgrana de norte a sur, se derrumba polvo al polvo, tan parecido a este cajón largo y estrecho, mi territorio que se hunde de a poco en la tierra al son de marchas militares y sepultureros de cuello y corbata. Todos conocidos, todos familiares. Por allá está Pérez Yoma, por acá Matthei. Todos desconocidos. Y yo solo al medio, frente al cajón, con el corazón desgarrado a pedazos, porque se me fue mi tata.

Hay una guerra atroz allá afuera y nadie sabe. El suelo tiembla y veo en todas las caras la sospecha, quién es un agente y quién no, quién está por la luz y quién por ese impostor que es la electricidad.

Encaré a mi tata a los 15 años, cuando descubrí lo que había pasado. Me sentí traicionado. Quise, juro que quise no volver a hablarle. Mi cabeza me duele, siempre me duele. Los curas del colegio me decían cosas contradictorias, mis amigos dejaron de hablarse. Luego de una semana en la Universidad, alguien averiguó que mi apellido, Camargo, provenía de “ese” Camargo. Fue extraño, desde el suelo veía a la gente en el paradero de micros preguntarse por qué me pateaban y no me defendí, sentí que tenían algún tipo de derecho. Me daba náuseas querer a mi abuelo, el único que me protegió cuando mi viejo casi me mata.

“NInguna mujer abandona a un militar”, me dijo, cuando la mamá decidió irse.

“El tata es un militar”, murmuré. “Tu eres un contador penca con uniforme”.

No vi su mano contra mi cara pero recuerdo el retumbar de mi cabeza contra la muralla, la casa girando en torno a la escala, el tiempo suspendido, alguien que me hablaba como despertándome después de toda una noche pero era de día y había una ambulancia y mucha paz, por dios que había paz. La grieta que me dejó en el parietal me duele todos los días. Mi tata decía que tenía la forma de Chile, que yo era un patriota. Al mes siguiente se fue a vivir con nosotros. Nunca me pidió que entrara a la Escuela Militar.

Siempre me duele la cabeza. Deben estar usándola para transmitir los códigos de los batallones que esperan bajo tierra. A veces veo cosas. Hay una guerra allá afuera, secreta. Ni tu ni yo sabemos de qué lado estamos, pero se está peleando ferozmente ahora mismo. El río Mapocho bajó bermellón durante un momento imperceptible esta mañana, la cordillera sangró, porque hay una guerra.

Estoy seguro que Chile es una serpiente enterrada como una semilla también. A veces sueño con ella. A veces está enterrada en mi propio cuerpo y tiene la forma de mi columna vertebral. Entonces la veo abrir la boca cerca del lago Chungará, cerca de Arica, y morderme el cráneo con tanto placer que mancho la cama.

Yo quería conocer ese lugar. Mi tata siempre me hablaba de él. Hay algo raro en esos paisajes. Me habría gustado enterrarlo en medio del lago. El Chungará es el ojo de la serpiente que hunde su cola en la Antártica. Soñé conmigo arrastrando un saco con sus restos por todo Chile y cuando llegaba al borde del lago descubría que el saco tenía un agujero y había ido regando sus huesos por todo el territorio. Mis lágrimas rebotaban en el suelo, pero mi abuelo habría estado feliz usando todo el país como cementerio, mucho más que siendo archivado en un cajón bajo este paisaje maqueteado y horario de atención restringida. El fue un asesino y ahora hay autoridades de gobierno persignándose frente a su tumba. Mi país se derrumba, la tierra tiembla, la gente sale a la calle, porque ahora salir a la calle cambió de significado. Pueblos antiguos salen desde la tierra como recién nacidos limpiándose la placenta y el barro a reclamar su justicia, mientras enterramos a otros intentando cubrir con tierrita la historia.

Hay una guerra.

Yo debería haber hecho un esfuerzo por mi tata, debería haberme robado un pedazo de sus restos mortales, una mano por lo menos y envolverla en una banderita chilena todo metido en un cooler y haberme ido al norte calladito. El amaba el norte y las cosas que vivió por allá. Cuando terminaba sus relatos sobre la guerra contra los marxistas y esas cosas, comenzaban las historias de verdad. Los detalles crecen en mi memoria y se mezclan sin mi control. Recuerdo luces en el cielo, chamanes que se alimentaban solo con la luz del Sol. Recuerdo personas que se habrían desvanecido en el aire y regresado envueltas en otra memoria, viendo otros colores y moviéndose desfasados de nuestra realidad, personas que comenzaron a vivir hacia atrás, cóndores de oro y ñustas que lloraban en las noches sin luna cuando el universo se te venía encima en el altiplano de Putre. Me contó sobre personas que se iban y vivían años en lugares recónditos; vivían felices, se hacían ancianos y regresaban jóvenes otra vez, ausentes solo minutos para el resto.

Alguien me extiende la mano y despierto. Estoy en un funeral. Me duele la cabeza y hago un gesto de desagrado. Es de día, sigo en el 26 de mayo. Miro a la persona, es un Chadwick, le doy la mano. Muchas manos, muchos apellidos, muchos tíos de amigos que hace mucho dejaron de hablarme. Hace frío y parece que llevamos dos días parados aquí en el pasto y este funeral no va a terminar nunca. Si parece que el país completo estuviera siempre en un funeral llorando a sus héroes, siempre serios mirando el futuro con la nuca, siempre dentro de una iglesia, callados. Me imagino a mi abuelo y la temperatura que debe haber ahí abajo ¿Se le habrá quedado pegada el alma a sus restos? A veces pienso que se nos desconecta el cuerpo pero el alma se mantiene unida a él y bajamos a la tumba prisioneros, gritando, oscurecidos, inútiles. Luego pienso en la tumba de al lado, Marcelo Caamaño Cerda, 1954-1990, y trato de imaginármelo encerrado ahí abajo desde hace 22 años, primero rebelándose y gritando, luego llorando durante meses, calmándose poco a poco con los años, para finalmente aceptar el horror, la posibilidad de pasar allá abajo, entre la greda, una cantidad de tiempo que desconoce. Luego pienso en alguien muerto en 1625, desesperado intentando retener trazas de una memoria que se desvanece, ya casi no recordando el rostro de su hijo, descubriendo con horror que ya no recuerda el color de ojos de su esposa y no está seguro de su nombre, ni siquiera su propio lenguaje para el que ya ni siquiera tiene una boca, consciente del montón de polvo, láminas secas y huesos en los que se ha convertido su cuerpo. Quizá todos enloquecemos de horror allá abajo y lo desconocemos. Quizá un cementerio sea un mar de aullidos que no escuchamos. Todo el planeta Tierra es una costra aullante que flota por el Universo. La cabeza me da vueltas. Pregunto cuántas horas llevamos aquí y me miran con sorpresa.

“Solo cuarenta minutos, Fernandote”.

Me molesta que me digan así, porque solo mi abuelo me decía así y ahora está allá abajo gritando porque nadie le responde, porque no apareció ningún ser angelical ni ningún túnel de luz para llevárselo a ningún lado; porque solo lo lavaron, lo hurguetearon, le metieron algodón en sus agujeros y pegamento entre los labios. Lo vistieron y lo metieron en un cajón donde va a pasar el resto de la eternidad anclado a sus inmundicias en medio de la más profunda de las oscuridades sin ninguna comunicación con el exterior. Me dicen que mi abuelo seguramente ya está en el cielo, pero ¿no dice la Biblia que Jesús regresará, un angel tocará una trompeta y se abrirán las tumbas desde donde saldrán los muertos para ser juzgados? Los católicos, en realidad, sostenemos una doctrina que dice que hay personas enterradas desde hace miles de años esperando aterradas el juicio final.

“Nadie ha entrado al cielo todavía,  tía Coté”.

Me duele la cabeza. Nos vamos. Me suben al auto de mi papá. Esta cosa tan civilizada y humana de ponernos chaqueta para venir a botar los restos de la familia. Se me parte el corazón cuando no veo la cabeza grande y bien afeitada del tata sobre el asiento delantero. Más incómodo aún cuando mi papá gruñe y debo pasarme a ese mismo asiento para rellenar un vacío que a los dos nos duele de manera tan diferente. Enciende el auto y me siento más viejo sentado en ese puesto. Todos salimos ordenadamente de ahí. Mi papá siempre se demora casi dos minutos completos en asumir que no vamos a conversar nada antes de encender la radio. Esa derrota siempre es un alivio.

Vespucio norte, túnel San Cristóbal. La radio no para de hablar, nadie para de hablar, la humanidad entera es un parlante gitando en una casa deshabitada. Las noticias son atroces siempre. No sabemos quedarnos callados y me duele la cabeza cada vez más. Salimos del túnel y  frente a nosotros crece de pronto el edificio Costanera, la torre más grande de Santiago de Chile. Me la imagino como uno de los clavos monstruosos que mantienen fijo el cuero de la pachamama al mapa geopolítico del país. La radio menciona a Iquique, donde el tata vivió algo de su adolescencia. Las noticias no son buenas, hablan de alzamientos, de un enjambre de espectros en las salitreras, de grupos de internacionalistas italianos y croatas organizando los sindicatos, una noticia extraña acerca del avistamiento de un pelotón fantasma de soldados de la Guerra del Pacífico apareciéndose en la pampa. Dos temblores y la repentina actividad del volcán Taapaca, cerca de Putre. El nombre me despertó del letargo. El abuelo hizo gran parte de su carrera en Putre. Adoraba ese pueblito diminuto y de alguna manera yo también, porque de sus alrededores provenía la historia que más me gustaba escuchar cuando era niño. Eso extraño que ocurrió a pocos kilómetros del pueblo, en una pampa de nombre Lluscuma.

La historia dice que el 25 de abril de 1977, ocho soldados conversaban y cantaban mientras cuidaban caballos del Ejército de Chile, en las pesebreras de pampa Lluscuma. La noche no tenía luna y el aire era transparente y congelado. El tata me contaba que de pronto los centinelas llaman al resto de los soldados para que levanten la vista y vean una luz que desciende como rodando por la curva del cielo. Todos contemplan extrañados esa bola luminosa que crecía y crecía descendiendo tras los cerros iluminándolo todo por detrás de las cumbres. De pronto, ven aterrados otra luz que baja por la ladera en dirección hacia ellos, se detiene a quinientos metros y parece cortarles el paso. Estar frente a la presencia de un ojo luminoso de 25 metros de diámetros en medio de la noche debe haber sido una experiencia horrenda. Los soldados lloraban, rezaban y le gritaban a la luz que se retirara, o se identificara, o que por favor los dejara en paz porque estaban aterrados y tenían familias. Al abuelo se le hinchaba el pecho cuando me contaba que el cabo al mando había hecho fuerzas de flaqueza y había enfrentado a la luz con gesto altanero.

“¡Identifíquese, en el nombre de dios!”

Avanzó hacia el pozo luminoso y pareció caer dentro antes que nadie pudiera hacer nada. Los conscriptos se sumieron en la desesperación y se desbandaron buscando a su cabo para que les dijera qué debían hacer. Algunos lloraban, otros le pedían a la virgencita de Las Peñas que los protegiera del mal que venía desde la luz. Quince minutos pasaron antes de que sintieran caer a su cabo desde la altura, como a un saco de papas que se arroja desde el camión de carga.  Les volvió el alma al cuerpo y corrieron a socorrerle de inmediato. Lo envolvieron en mantas, lo acercaron al fuego, le dieron agua. El cabo temblaba y miraba al infinito con gesto de horror. Las palabras salían de su boca como desde una ametralladora atascada, sus movimientos no correspondían, parecía el reflejo torpe de un cuerpo en otro lugar, enfrentándose a otro enemigos. Le hablaba a la luz. Entonces se dieron cuenta, el cabo había vuelto con una barba de casi una semana ¿Te imaginas, Fernandote? Un militar con barba, dónde se ha visto en Chile. Los conscriptos estaban aterrados, se aferraban a su superior como si una tabla en el océano fuera. Parecía que la luz palpitaba, a alguno le pareció verle ventanas, otro quiso pensar que quizá era el demonio haciéndole una prueba, los demonios hacen pruebas en los desiertos. Y entonces se fue.

Uno de ellos corrió al pueblo a buscar ayuda. Regresó con un médico y un profesor que revisaron al cabo y le preguntaron por lo vivido. El profesor constató que el reloj digital del cabo estaba adelantado en cinco días y detenido a las 4:30 AM. Dato que coincidía con el crecimiento de la barba que presentaba ¿Te imaginas, Fernandote? Al parecer la luz lo había transportado cinco días hacia el futuro y lo había regresado. No, él no se acordaba de nada. Sus subordinados le contaron que en un momento se había puesto muy serio y había dicho:

“No saben quiénes somos, ni de dónde venimos, pero regresaremos”

En el Ejército le decían el marciano. Le hicieron pruebas psicológicas y le revisaron los recovecos pero no explicaron nada. Lo escondieron en el sur y le prohibieron contar la tontera esa. Pasaron los años y se hizo evangélico, comenzó a hablar del demonio y el rapto pre tribulación, de tentaciones y falsos profetas, de mensajes para la humanidad en libros que nunca escribiría. Se retractó, volvió a decir que todo había sido verdad, volvió a retractarse mientras uno de sus conscriptos aseguraba estar siempre en contacto con extraterrestres femeninas que lo llevaban de visita al planeta Unicornio. Se retiró del Ejército para poder hablar en televisión y recibir veinte mil dólares. Juró que todo era cierto. Luego se retractó y pidió entrar al Ejército otra vez, pero fue rechazado.

Esa historia me contaba mi abuelo. La de un puñado de conscriptos veinteañeros aterrados por una luz cerca de la frontera con Bolivia. Ahora voy de regreso a nuestra casa en Peñalolén y la recuerdo palabra por palabra, dicho con la voz profunda de mi tata, como todo lo que hablamos cuando era un niño, como todo lo que me contó y que ahora llena el espacio vacío dentro del auto donde viajo en silencio con mi papá.

Estoy seguro que no fue todo lo que ocurrió, siempre nos esconden algo, cierto? Porque hay una guerra y nadie habla de eso.

Ahora, allá afuera tras de la ventanilla del auto, el mundo es completamente diferente. El cadáver del siglo XX hiede y una guerra está comenzando. La veo en el poniente mientras el cielo se incendia y las montañas se pudren. Yo no lo sabía en ese momento, pero todo lo increíble y todo el espanto, estaban por comenzar.

(continuará, sábado 2 de junio, diario LA SEGUNDA papel)

Comments

3 Responses to “LLUSCUMA ep01”

  1. Rodrigo on June 1st, 2012 12:35 pm

    Chuta, investigndo me pillo con esta, felicitaciones, estaba en lo mismo, el caso valdés…
    ¿cuándo vuelven con los podcast, maestros..¿o están pasando malos momentos como para eso??
    Un abrazo

  2. Bell on June 2nd, 2012 11:05 am

    Je.je,je la semana pasada no pude comprarlo por la lluvia y porque después se me olvidó.
    Hoy, ya lo tengo en mis manos…uhmm qué olor más rico…a diario…
    Capítulo II, tres páginas.
    Felicitaciones, voy a leer!!

  3. Humberto Segura on June 3rd, 2012 9:33 am

    Hola, ¿no va a estar en la edición digital del diario?, ¿como lo puedo seguir desde el exterior?
    Un Abrazo

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