Declaración de la Nueva Extremadura

Eso es, prácticamente una declaración de principios. Pancho Ortega escribe un texto para Mythica.cl que reúne en una especie de manifiesto escrito en trance, donde se sienten: la rabia, la pasión, la urgencia y el delirio por VER a nuestro territorio en toda su dimensión, más allá de la miopía urbana, la anorexia trendie o los tullidos poodles de paladar refinado. Entender que los textos quizá deban ser algo más que solo prosa bien escrita y propuesta literaria estética, sino un pulso de lo propio más allá de las letras.

El texto de Pancho está cruzado de temas que se nos vienen apareciendo casi desde nuestra infancia, que conversamos una y otra vez cuando nos juntamos por ahí, que están presentes sobre nuestras cabezas cuando no inclinamos frente al teclado. Es una voz colectiva, por eso lo hago mío también. porfa léanlo.

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¿POR QUE ESCRIBIR FANTASTICO EN CHILE?

“¿Por qué escribir ciencia ficción en un país sin ciencia y con tan poca ficción?”, preguntaron en una charla en el Chileno Norteamericano, hace exactamente un año. Estaban presentes el director de cine Jorge Olguín, el crítico Daniel Olave y quien escribe. El escritor Darío Osses, quien moderaba el evento, prosiguió: “¿Uno entiende que en Europa, Japón y Estados Unidos, con sus elevados índices de crecimiento industrial, se escriba acerca de futuros imposibles, pero en Chile es casi ridículo?”.
Y claro, el ánimo de la pregunta tenía harto de provocador, pero también (sin quererlo) daba las claves para entender el desarrollo de la literatura de género (y cine, cómic y todas las artes narrativas que se quieran) en nuestro país, sobre todo en los últimos años. Un paréntesis antes de continuar, prefiero hablar de género en lugar de ciencia-ficción a secas, ya que si hay algo que caracteriza el culto de esta temática en nuestro país es la melcocha, lo charquicán de su receta. Ygdrasil, por ejemplo, no es sólo una novela cyberpunk, sino una obra fantástica que roba, samplea y vampiriza de todos lados: chamánica, ancestral, mitológica, en las restas acaba más cerca de García Márquez que de Bruce Sterling, de ahí su originalidad y su impacto a nivel mundial. Jorge Baradit, su autor, lo definió desde un principio, es realismo mágico 2.0. Personalmente me gusta más lo de hiperrealismo mágico, sin números, con más palabras, más adjetivos tremendistas.
Pero volvamos al reactor principal de la pregunta. ¿Por qué escribir ciencia ficción en Chile? Simple. Primero que nada porque así lo dice nuestro himno nacional: somos la copia feliz del edén, del paraíso prometido (el Dorado, Xanadú, la Ciudad de los Cesares, etc) y eso es una tremenda responsabilidad. Chile es un punto mágico anclado al fin (o al inicio del mundo), donde siempre hemos cohabitado con la fantasía. Literalmente estamos “en el fin del mundo y en el fin del mundo”, geográfica y espacio-temporalmente marcados.
Y con lo de estar acostumbrados a la fantasía no me quedo en eso de que todos más de alguna vez hemos escuchado de fantasmas, de ovnis en el Cajón del Maipo, del niño llorón, las lloronas, el chupacabras, la rubia de Kennedy, del Caleuche o el gran Guarén de las alcantarilladas santiaguinas, nuestro equivalente a los cocodrilos de Manhattan, sino de lo que hay mucho más allá, en el corazón de nuestra identidad como país. La geografía del mito y la conspiración local da para escribir cientos de obras del género, cada vez mejores y más entretenidas (algo no menor). Tal vez en un futuro cercano la mejor ciencia ficción y fantasía de habla hispana en verdad se este pariendo en estas tierras. El boliviano Edmundo Paz Soldán lo enunció hace un par de años, si me preguntan tengo confianza en que vamos derecho hacia allá, por mucho que cierto sector de la crítica nos acuse (y aquí me incluyo) de ser un grupito menor, que cree que todo lo raro es bueno y que se ha formado con lecturas tan dudosas como Harry Potter, cientos de cómic y lecturas tardías de Miguel Serrano. Eso es mirar sin alturas y quedarse anclado no sólo en el pasado, sino en prejuicios menores. La generación de creadores chilenos que se empinan entre los 20 y 40 años, viene criada por historietas baratas, animé japonés, Spielberg y Lucas, hard metal, Transformers y G.I.Joe, todo estrujado en un cóctel de traucos, pincoyas y “cai cais”, lo que viene de esa receta lo quiero leer aquí y ahora.
Chile es un país fantástico, un planeta con sus reglas propias, una nueva Atlántida o si se prefiere Chilena. Un país donde sus fundadores vinieron a buscar ciudades perdidas llenas de oro y se encontraron con gigantes en la Patagonia, donde los terremotos dependen de la escultura de un Cristo crucificado repudiado por una bruja, donde la Independencia fue planeada por una sociedad secreta que no tiene nada que envidiar a los Iluminati. Donde la libertad se ganó tras la ceremonia iniciática de cruzar los Andes, que no fue una maniobra militar y estratégica, sino un rito en honor a las diosa del fin del mundo, ¿la virgen del Carmen?
Chile en un país donde aparecen monstruos voladores, buques embrujados y donde la gente acepta como la más trivial de las realidades bolas de fuego, maldiciones y entierros. Un país donde en la más “steampunk” de las realidades, la religión más popular del siglo XIX fue el espiritismo del cual Arturo Prat, otro de nuestros héroes, era prácticamente un sumo sacerdote. Donde en 1946 el diario más importante publicó en primera página que un almirante norteamericano había descendido a la Tierra Hueca a combatir contra las astronaves de Hitler y nadie lo puso en dudad. Donde todos nuestros presidentes han terminados convertidos en fantasmas vagando en eterna pena por los pasillos de un Palacio de la Moneda, construido en el centro de un valle, cuyos antiguos habitantes advirtieron a los conquistadores, estaba habitado por las luces de la Tierra.

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