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Ygdrasil: El prólogo que nadie me pidio

Somos una generacion mutante que necesita novelas como ésta. Cuentos delirantes demasiado americanos y latinos a la vez. Porque somos un copy&paste de todo lo que fue posible importar y logramos piratear, no nos vendría mal algo de basura esotérica.
Necesitamos conectarnos con la Pachamama aunque sea por wifi- hablar con las machis ancestrales por último vía messenger. A ver si asi entendemos que para salir a conquistar el mundo, primero tenemos que aceptar que somos indios y que la tierra -y todos sus espiritus- nos reclaman.
Porque los universos imposibles son imprescindibles, y el camino al futuro siempre tiene una desvío a nuestro pasado, Ygdrasil es tan necesario como sorprendente.
Baradit vomita -en el buen sentido de la palabra- un guión que bien podría haber sido todo lo que The Matrix no fue. Donde los gringos fracasan espectacularmente – mexicanos, chilenos e insectos triunfan miserablemente.
Fue difícil bajarme del libro, porque a medida que avanza sus hilos argumentales crean una trama atractivamente amorfa que se mueve -con alguna dificultad- entre lo espiritual, el gore y la épica de proporciones bíblicas.
En conclusión Ygdrasil es un relato que mas que leerse, se toma subversivamente tu cabeza y monta su propio teatro freak en ella.

Carlos Gaona
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imagen ®Zdzislaw Beksinski

El Persa Bio bio


A medida que te acercas al cuadrante más desquiciado de Santiago te va invadiendo la sensación de estar penetrando en una ciudad que cayó sobre otra. Una lámina flotante de cultura que se desplomó de pronto sobre un Santiago oxidado y muerto, de galpones vacíos como monstruosos escarabajos secos, de callejones que se recorren como se recorrerían los intestinos de una bestia abierta y en proceso de descomposición. Las veredas supurando recuerdos materializados en fotografías blanco y negro, muertos susurrando desde radios a galena semi destrozadas, trozos de soldados en el borde de trincheras hechas de muebles sin barnizar y esqueletos de camas de bronce opaco apuntando con horror hacia bombarderos inexistentes. Las bandadas de cuervos que cubren el cielo de los campos de batalla se arremolinan y circulan como hormigas entrando y saliendo de un pájaro muerto por las calles y callejones, galpones y casonas, ojos vacíos de un esqueleto que día a día es consumido con avidez de carroña electrónica, carroña porno, carroña de datos revenidos y cabezas de cyborgs sin ojos.
El Persa Bío bio es el lugar más cyberpunk de Santiago. Junto a la cabina que vende incienso e imágenes de un buda ubicuo seriado hasta el infinito, se vende pornografía dura, atún en tarros a punto de vencer y tarjetas madre de computadores en desuso. Junto a las disketeras se acumulan los celulares, los calcetines y el olor de tortillas fritas y mayonesa caliente hedionda a amarillo crepúsculo; indígenas vendiendo amuletos y tarjetas multimedia, sahumerios y placas de circuitería pirata. La inmundicia se acumula en las uñas del persa Bío bío y pronto la oferta será de órganos para transplantes, fetos para cosméticos caseros y software tóxico para quemar neuronas a cambio de Nirvana de 220 volts. Electrocuciones a precio módico, jóvenes retardados para todo uso y fotografías de políticos involucrados en videos snuff.
El persa Bío bío es un tumor en el costado de Santiago que no para de crecer y alimentarse de memoria abandonada y rechazada. Nadie se pregunta cuánto karma acumulado como negro hollín se arrastra líquido entre objetos muertos, abandonados por dueños que engañaron, que asesinaron, que se suicidaron, que entregaron objetos con el dolor de su corazón. El dolor deja huella, grito y presencia. Cuanta madera llena de odio, cuanto metal y circuito lleno de profunda frustración se trafica y se acumula en cada esquina y recoveco, como una mancha de alquitrán que atrapa algo de nosotros cada vez que nos sumergimos en el juego macabro de sacar a dentelladas, con furia, trozos de la memoria de fantasmas y cadáveres, que luego nos llevamos bajo el brazo, sin saber qué clase de presencia vibratoria y fracturada estamos invitando a penetrar el equilibrio frágil de nuestros hogares.